con el alma
Lo que nunca supe decirte a tiempo
♥
I
El primer presentimiento
Todavía no encuentro el porqué. Lo busqué, y no aparece una razón
exacta, ni una explicación que alcance. Solo sé esto, con una
claridad que no me pide permiso: desde el día en que te conocí,
en el fondo de mí nació una certeza suave y verdadera.
Quería conocerte más.
II
A tu lado
Cuando nos veíamos, a tu lado me sentía en casa. Cómodo.
En paz. Sin tener que fingir una versión de mí. Pasé mucho
tiempo sin querer darle ese lugar a nadie. Me lo reservé.
Lo cuidé. Y con vos, sin pedírmelo, supe que quería que te quedaras.
III
Lo que me nacía
Es verdad: no supe cómo decírtelo. No supe expresarme.
No porque no lo sintiera, sino porque no encontraba las palabras
para algo tan grande. Pero el simple hecho de verte, de tenerte
cerca, de pasar tiempo, de comer juntos, de cocinar… eso me nacía.
Lo quería hacer con vos. No me lo pedía la cabeza: me lo pedía el corazón.
Sentía tu calor al abrazarte. Cada beso. Cada abrazo.
Y en ese calor nació una necesidad quieta y profunda: cuidarte.
Tenerte conmigo. No sé explicarlo. Solo sé que siempre —pero
siempre—, cada día que pase, yo voy a estar ahí para vos.
Sin importar lo que pase. Yo voy a estar para vos.
Y lo repito porque ni yo lo entiendo del todo: no sé por qué.
Sos complicada. Ni siquiera hablabas lo suficiente como para
que algo así se formara. Lo sabemos los dos: sos una persona
muy, muy callada. Y aun así, por algún motivo, simplemente fue así.
IV
El silencio
Después hubo semanas —tres, cuatro— en las que no me hablabas.
Y yo, en el fondo, quería escribirte. Quería decirte: vení,
pasemos tiempo. Vení, quedate. Y mañana volvé. Lo quise tantas
veces. No lo hice. No supe cómo… o tal vez el miedo me pidió
silencio. Todavía no lo sé del todo. Solo sé que te extrañaba
callado, con ganas de vos.
V
La única
Sos la única mujercita de la que puedo decir, sin dudar, que elegí.
Y que elijo. Cuando empecé a acercarme a vos, las cosas feas se
interponían, y cada vez me costaba más dar el paso. Aun así,
nunca te fuiste de mi cabeza. Siempre estuviste ahí: con ganas
de entrar en tu vida, de conocerte de verdad, más a fondo.
VI
El poder que te di
Con el tiempo decidí acercarme de verdad. Y entonces vi que había
cosas que me dolían. Para la mayoría soy frío, duro, directo.
Una forma de ser que no se dobla fácil. Pero vos tenés un poder
que nadie más tiene: lastimarme con lo mínimo. Porque te amo.
Porque te di ese lugar. Te di ese poder.
Si supieras… si supieras que, a pesar de todo, desde que te conocí
siempre quise tenerte cerca. No sabía cómo acercarme. O no me
dejaba. Por miedo, por algo que todavía no termino de nombrar.
Pero siempre, siempre, estuviste en mi cabeza.
VII
Una vida con vos
Ahora que ya sos mi novia, no quiero que te vayas nunca.
A veces soy duro con vos en algunas cosas. No es distancia: es amor.
Es porque veo una vida con vos. Porque, aunque seamos chicos y
cada uno traiga su crianza, quiero que puedas ser la mujer que se
queda. La que elige quedarse conmigo.
Las cosas que te pido que cambien, que sean distintas… quizás vos
las ves egoístas. Quizás sentís que no te acepto como sos, que no
veo nada bueno. No es eso. Es una forma —torpe, a veces dura—
de pedirte que seas la mujer que necesito. La mujer que quiero.
No porque no valgas tal como sos. Precisamente porque te elegí:
porque si voy a construir una vida, quiero construirla con vos,
y quiero que lleguemos juntos a esa versión de nosotros.
Cada cosa que te digo —aunque a veces suene fea— nace de ese mismo
deseo: que seas la mujer con la que forme una vida. Porque decidí
que, si elijo a alguien, ya no quiero que sea un rato. Durante
mucho tiempo creí que iba a estar solo hasta los treinta, fácil.
Eso cambió. Cambiaste vos ese destino. Y ahora quiero estar con vos.
VIII
Todos los días
Quiero compartir mis días, mis semanas, mis meses, mis años con vos.
Quiero que sepas —cada día, cada mañana, cada tarde, cada noche—
que te amo. Que te llevo en el corazón, pase lo que pase.
Y que odiaría que la vida nos separe.
♥